Hay una inercia que me lleva, tan grande que da miedo ni tan siquiera pensar en su final. Y es que, si lo pienso bien, creo haber estado toda mi vida en ella. He diluido mis opciones y decisiones en lo que generacionalmente se esperaba de mí, lo que hubiese ejecutado cualquier arquetipo encerrado en aquel que fuese, por entonces, mi momento. He vivido pensando que siempre queda más tiempo. Dejándome arrastrar por una corriente que me significaba, ejecutando un rol social que me definiese. Una parcela, un adosado con la suficiente variabilidad como para no resultar confundido con su colindante. He estado evitando preguntarme cuál es que sería mi próximo movimiento, pues este siempre, en última instancia, aparecía como una suave deriva que me mecía de manera calmada a lo que casi matemáticamente parecía estar abocado a ser. Hay una inercia que me lleva, tan grande que solo retumba vacío ahora que la veo terminar. Un vacío tan ensordecedor que hay quien lo acalla sumergiéndose veloz ...
Nunca fui un gran alumno en la destreza de las matemáticas, sin embargo y, pese a jamás haber resultado diestro en la disciplina, siempre me fascinó la combinatoria y las posibilidades, lo absolutamente ridículo de la inmensidad de unas permutaciones que crecen infinitas en un mundo que se presentaba finito. Siempre me deslumbró como un mismo molde podría acaso resultar en millones de resultados, como lo único torna en múltiple cuando lo humano le intercede, como a través de una opinión y una consideración se convierte en personal e intransferible, como lo etiqueta y lo individualiza. Y es que hay quienes ven al mundo como un lugar de oportunidad o como una cárcel de lamento, los hay que lo conciben como un lienzo buscando su significancia, otros como el barranco por el que se lanzarían para suplir una aventura, hay quien precisa de su adrenalina, hay quien de su serenidad, su misticismo, de su realismo, su franqueza o de su ambigüedad. Pero, como bien dije al inicio de este texto, nun...