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la inercia del no ser

Hay una inercia que me lleva, tan grande que da miedo ni tan siquiera pensar en su final. Y es que, si lo pienso bien, creo haber estado toda mi vida en ella. He diluido mis opciones y decisiones en lo que generacionalmente se esperaba de mí, lo que hubiese ejecutado cualquier arquetipo encerrado en aquel que fuese, por entonces, mi momento. He vivido pensando que siempre queda más tiempo. Dejándome arrastrar por una corriente que me significaba, ejecutando un rol social que me definiese. Una parcela, un adosado con la suficiente variabilidad como para no resultar confundido con su colindante. He estado evitando preguntarme cuál es que sería mi próximo movimiento, pues este siempre, en última instancia, aparecía como una suave deriva que me mecía de manera calmada a lo que casi matemáticamente parecía estar abocado a ser.  Hay una inercia que me lleva, tan grande que solo retumba vacío ahora que la veo terminar. Un vacío tan ensordecedor que hay quien lo acalla sumergiéndose veloz ...
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lo valiente en un adiós

Nunca fui un gran alumno en la destreza de las matemáticas, sin embargo y, pese a jamás haber resultado diestro en la disciplina, siempre me fascinó la combinatoria y las posibilidades, lo absolutamente ridículo de la inmensidad de unas permutaciones que crecen infinitas en un mundo que se presentaba finito. Siempre me deslumbró como un mismo molde podría acaso resultar en millones de resultados, como lo único torna en múltiple cuando lo humano le intercede, como a través de una opinión y una consideración se convierte en personal e intransferible, como lo etiqueta y lo individualiza. Y es que hay quienes ven al mundo como un lugar de oportunidad o como una cárcel de lamento, los hay que lo conciben como un lienzo buscando su significancia, otros como el barranco por el que se lanzarían para suplir una aventura, hay quien precisa de su adrenalina, hay quien de su serenidad, su misticismo, de su realismo, su franqueza o de su ambigüedad. Pero, como bien dije al inicio de este texto, nun...

un único amor

Clasificamos. Casi por defecto, el ser humano etiqueta los elementos que conforman su entorno de manera que consiga dominarlos. La comprensión de su contexto, de esta manera, siempre se ha encontrado recíproca con su supervivencia. Aquél que no supiese detectar potenciales peligros acabaría sumido, entonces, en sus propias consecuencias, restándole de la ecuación. El entorno elige y selecciona. Y es a través de esta selección cuando el ser humano, elegido y favorito de su coyuntura, acaba irremediablemente derrocando a las despóticas leyes naturales, pasando él a definir su propio entorno. La categoría es ahora pactada y consensuada, horizontalizada de manera que sea unánime. El eco de nuestra comprensión del mundo resulta en unas categorías pactadas a favor de la supervivencia, ahora, de unos intereses que seguirán condicionando la supervivencia, esta vez social, del individuo. Si uno ha de querer vivir en sociedad, habrá de jugar con las reglas del juego, si es que quiere ganar. ...

la excavación a la punta de la Tierra

El ser humano interpreta. Performatiza y emula. Romantiza, venera y odia. Disfraza lo propio de lo ajeno. Vive huyendo hacia delante del ser. Y aquel que viaje en sentido contrario y se vea inmerso en el viaje al interior de uno mismo, aquel podrá acaso llegar muy lejos, pero descubrirá en algún momento que ha traicionado aquello que le hacía humano. Entenderá entonces que lo humano es teatral y que la persecución de la esencia que hay detrás de uno mismo, [el "yo"] es la excavación a la mismísima punta de la Tierra.  La autoconcepción no es más que una imagen especular, siendo el espejo en el que uno se refleja, el mundo al que cada día se abre de nuevo. Me explico. No hay honrado sin ladrón y de no haber un asesino, jamás un santo. El encaje social es la llave a nuestra identidad: cómo se nos comprende y qué papel jugamos constituye el ramillete de atributos que definen las líneas generales de lo que parecerá componer lo más intrínseco de tu existir. El bueno, el malo, el t...

la colectividad de lo humano

¿Qué es el individuo pues si no la más necesaria de las abstracciones? La indiscutible relación entre éste y su entorno [O como diría Ortega, sus circunstancias ] le esclaviza. El individuo redunda a la sociedad de la que es usuario. ¿Qué es el individuo pues si no la unidad anatómica de las sociedades? Sin embargo, no sería éste tan solo componente de la sociedad, sino también conclusión de esta. El individuo ejercería pues, al mismo tiempo, de sujeto y objeto. Aquello que compone la sociedad, la trascendencia de ésta, acabaría únicamente recayendo en aquello sobre lo que está construida.  Esta afirmación podría ser tomada como precepto esencialista. La individualidad es intrínseca a la sociedad, en tanto que hay un alma social en lo humano, que le precede. Nada de esto sería lo que pretendo enunciar. La tesis que intento defender es que quizá la libertad individual podría ser cuestionada, alegando una sola libertad colectiva actual, una inercia social, un automatismo que rige y v...

El afecto de estar seguro

Entrever, pero al mismo tiempo creer fervientemente. Quizá sea la dualidad más verdaderamente humana. Hablamos de la autoconsciencia y la introspección, pero siempre en términos de hacer, nunca de estar, ¡mucho menos de ser! ¿Quién querría vivir detrás del telón? En una sociedad de verdades pactadas y realidades aprendidas aquel que acepta su propio ser está condenado a la levedad, a la nada, al no ser. La propia consciencia del ser deviene justamente en su negación más rotunda. Quizá no sería tan descabellado entonces aceptar que no estamos preparados ni para aceptar el ser, ni la ausencia de este. Tapamos nuestra incapacidad de imaginarnos no siendo con la misma fe que abrazamos la inercia social que parece regir nuestra verdad.  Elegiríamos entonces nuestras relaciones amorosas conscientes de los motivos que nos lanzan hacia los brazos de la otra persona, pero creyendo fervientemente que son puros. Hablaríamos entonces en los mismos términos de amar y de morir. ¿Cómo entonces se...

ídolo

La construcción del yo no es en sí misma, sino por la negación de ser otro. No hay un yo mismo, sin una definición del tú, en otras palabras, yo soy yo, porque no soy tú. Este axioma a priori evidente, casi ridículo, explica como la propia naturaleza de lo social nos configura como individuo, la autoconsciencia que nos condiciona y que, por obligación, nos acaba definiendo. La persona ha de reconocer a la otra para negar ser ella, convirtiéndola entonces en sí misma. De esta forma, aceptamos entonces que la propia definición de individualidad es recursiva pues el entorno nos precede definiéndonos después. Seres subordinados a su propia autocompresión que les convierte en esclavos de la veneración, la ovación y el prestigio. Animales que bajan la cabeza al suelo en medio de una reverencia recibida por un banquete de aplausos que, al mismo tiempo, ponen fin a la obra y principio al artista, al becerro de oro, al ídolo .