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un único amor

Clasificamos. Casi por defecto, el ser humano etiqueta los elementos que conforman su entorno de manera que consiga dominarlos. La comprensión de su contexto, de esta manera, siempre se ha encontrado recíproca con su supervivencia. Aquél que no supiese detectar potenciales peligros acabaría sumido, entonces, en sus propias consecuencias, restándole de la ecuación. El entorno elige y selecciona. Y es a través de esta selección cuando el ser humano, elegido y favorito de su coyuntura, acaba irremediablemente derrocando a las despóticas leyes naturales, pasando él a definir su propio entorno. La categoría es ahora pactada y consensuada, horizontalizada de manera que sea unánime. El eco de nuestra comprensión del mundo resulta en unas categorías pactadas a favor de la supervivencia, ahora, de unos intereses que seguirán condicionando la supervivencia, esta vez social, del individuo. Si uno ha de querer vivir en sociedad, habrá de jugar con las reglas del juego, si es que quiere ganar. 

De esta manera, se constituye un axioma inquebrantable en el que para ser feliz se debe de ser libre, y donde no habrá hombre más libre que aquel que consiga dominar enteramente su entorno, de tal manera que no tenga nadie de quién esconderse, de tal manera que nada le amenace. Y es desde aquel entonces que nos hemos conformado con estandarizar un imaginario colectivo, donde todo aquello que se piensa y se reflexiona se hace dentro de unas leyes físicas pactadas por unos pocos. Hemos vendido nuestro billete a la libertad a cambio de homogeneizar nuestra realidad. 

Clasificamos. Performatizamos nuestras elecciones en un sistema de códigos y letras donde hay combinaciones que no resultan en nada. Ángulos muertos que nos recuerdan que aquello que genuinamente creemos elegir, no es más que la ilusión de la funcionalidad de una sociedad. Y esto se extiende a nuestras emociones. Somos seres castrados de emoción, infantes que confunden forma y fondo y que cuando su padre se cubre la cara con las manos, giran la cabeza para observar a dónde es que ha ido. Codificar y estandarizar nuestro sistema límbico nos ha hecho esclavos, reproductores de estructuras caducas y disfuncionales, sin alma y sin elección. Establecemos relaciones protésicas que imitan estructuras pre-fijadas que nos hacen creer haber encontrado la felicidad, donde verdaderamente sólo reside un encaje social que te hace sentir seguro. A través de la reproducción en masa de nuestras relaciones afectivas, a través de la identificación de uno en una estructura vista y repetida cien veces es donde creemos haber encontrado la felicidad, cuando ésta se trata realmente de un cobijo. Hemos quemado nuestro billete a la libertad a cambio de vivir en una escala de grises con subtonos pre-elegidos para que tú abanderes su supuesta diferencia. Creemos poder equidistar de las relaciones hegemónicas que dominan nuestra realidad, mientras nos masturbamos con consoladores emocionales que nos llevan a un intento de felicidad artificial. 

El amor está prediseñado, cumple una función, redunda unas estructuras pactadas que mantienen y  reproducen el modelo de sociedad que es beneficioso para el conseguimiento de nuestros intereses. El problema viene cuando quizá esos intereses nunca han sido los tuyos propios ¿o sí? Clasificamos al amor, lo etiquetamos de manera diferente, y en esa diferencia radica la categorización, el escalamiento del amor. Negamos el devenir de una emoción para asumir [para creer con fe ciega], que son diferentes. Somos todos adeptos de una religión que adora y venera a un amor tan brillante como para dejarte ciego, tan grande como para haber de ser diferenciado. Un amor que nos puede salvar a todos. El deseo de alcanzar el amor romántico nos define y nos atraviesa. Disociamos el amor que siento por mi mejor amigo del que siento por mi pareja, como si la elección de la palabra pareja no fuese ya deliberadamente tendenciosa. Jugamos con las reglas del juego, porque siempre queremos ganar. Jugamos con las reglas del juego porque nadie quiere perder. 

Habrá algunos, sin embargo, para los que estas normas fuesen demasiado coercitivas. Para todos aquellos hemos parido una justificación. La revolución sexual, las relaciones abiertas, la liberación del sexo de no pertenecer enteramente a nuestra mitad, poligamia y poliamor que nos libera de sólo tener que querer de manera inconmensurable a una sola persona. Justificaciones lógicas y necesarias para un sistema que grita y precisa de ser destruido de manera completa y unísona. Satélites que orbitan y necesitan al mismo amor que les ahoga; luteranismo y anglicanismo que discrepan y liberan. Sucedáneos que nos alienan y que nos dejan sin voluntad de cambio. Seguimos etiquetando al amor, seguimos creando estratos que amparan espacios para sentirnos cómodos únicamente por estar encajando en aquello que se espera de nosotros. La felicidad de estar cumpliendo con todo aquello que se espera de ti. Seguimos involucrándonos en relaciones obsesivas que refuerzan nuestra autoestima hasta devorarla por completo, seguimos dando la llave de nuestra intimidad y nuestra realidad a la persona que nos acompañará por defecto, por inercia, por una sensación demasiado firme para ser real. Sin la suficiente duda para ser una elección. Y esto no es una sentencia de muerte al amor, ni mucho menos. Estoy en lo diametralmente opuesto de esa intención, esto es una reivindicación y una defensa a ultranza de lo que es verdaderamente amar. 

Pues en esto reside la única motivación de este texto, en apostar por la verdad del querer. En darte cuenta de que quizá el follamigo, el lío o el rollo sin importancia no son escalas de menor graduación dentro de una escala de amor. Hemos creado nuevas etiquetas para poder estar a servicio completo de nuestra nueva era. Nos podemos vender despersonalizando completamente a la persona con la que compartes tu intimidad, mirando siempre hacia un horizonte esperanzador, ese amor que te cobija y te deslumbra. Podemos comercializarnos, podemos entrar directos en el consumo de cuerpos, porque no son amor. Al mismo tiempo nos negamos la realidad que habita en el seno de una relación esporádica que pueda crecer anarquica y espontánea. Preferimos bonitos ficus decorativos de Ikea por 7.99 a que una enredadera crezca despótica por el muro de nuestras emociones. Lo que quiero decir aquí es que la desconexión emocional de las nuevas formas de relación no son más que una de las caras de la moneda, habiendo de coexistir una, para la materialización de la otra. No hay relación insustancial sin la sustancialidad de una emoción tan grande que solo pueda ser llamada amor, ¿no es natural? El único amor que te desborda y te rebosa, que te hace ejecutar unas conductas estereotipadas, reflejas de una sociedad que te ha enseñado a cómo actuar cuando llegue el momento preciso. Quizá lo que estoy intentando decir es que negarle el amor a la persona con la que compartes tu lecho cada vez que acaba una fiesta, y necesariamente entregárselo a aquel que suponga y ejemplifique la epifanía de tu idea de amor, quizá no sea tan genuino como puede parecer. Igual no es una elección, tan solo una categoría.

Quizá no. Quizá no sea diferente lo que he sentido por mis mejores amigos de lo que he sentido por mis parejas. Tal vez he querido en la misma medida y la misma tonalidad a todos aquellos que me han rodeado y me han hecho feliz. Quizá sea esto un grito ahogado de recordarnos que no podemos vivir en piloto automático, que no podemos servir a la materialización de unos intereses que nunca fueron los nuestros. Que tenemos que elegir, que tenemos que romper el pacto que nos hemos hecho y volver a esa naturaleza voraz, pero real, que nos obligaba a decidir. Que amar quizá signifique únicamente compartir la vida con aquellos que genuinamente te hacen bien, sin moldes, sin figuras, ni formas prediseñadas. Que quizá el amor no se imprime en dos dimensiones. Que no se lee en una hipoteca, ni una casa repartida a mitades, no son dos tazas a juego, ni dos asientos para un comedor que cada vez se llena de más elementos que escenifican la conclusión de un amor incesable. De un amor que poco a poco fue carcomiéndote, que fue mutilándote, para pasar a definirte enteramente. De un amor que hoy te levanta de madrugada preguntándote en qué parte dejaste de ser quien eras. ¿Por qué siento que estoy pagando por este amor? Esta es la reivindación de romper con una diferenciación que tan solo sirve para mantener un formato pre establecido que nos constituye en mano de obra. Que nos instrumentaliza para mantener un status quo de una sociedad que precisa de una familia que estructure las dinámicas económico sociales que conforman al sistema caduco e irreal que tritura y desdibuja nuestras emociones en nombre del amor. 

Para que te atrevas a asomarte al abismo, a la ausencia de diferencia, al entendimiento líquido del amor, a que quizá no haya nada esencial ni divino en lo que diferencia a tu pareja de tu amigo. Y que justo antes de mirar hacia el vacío, aquella sensación de vértigo que recorre en forma de descarga tu espina dorsal suponga una liberación. Que delante de tanta ausencia lo único que irremediablemente pueda rellenar el espacio sea la presencia elegida, un eco que se dispare en toda dirección y que redunde en tu interior hasta comprender que no hay nada escrito en lo que es amar. Esto es un recordatorio para que apostemos por nosotros, para que establezcamos la emocionalidad de manera errática, sin estrategia y sin un futuro. Para que ames no como medio, sino como fin en sí mismo. Amar en el mayor término presentista de la palabra, amar siempre y nunca equivocado, como si es que solo hubiese un único amor. 






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