El amor no se cuestiona, se desea. Se da por hecho, hay una inercia romántica. El amor se infantiliza, se romantiza, se banaliza. El amor escupe lo que la sociedad dictamina, y la sociedad embebe lo que pueda serle peligroso del amor. Porque quizá es hora de cuestionar al amor, de ser sinceros, de quitar la máscara y de aceptar, que el amor romántico ya tiene poco que ver con una emoción primigenia de cariño y afecto básico para la supervivencia y la continuación de una especie. Lo hemos ido complicando, lo hemos ido confundiendo y, sobre todo, lo hemos ido utilizando. El amor se mercantiliza y se instrumentaliza. El querer tiene un encaje social y político, y, aunque no quiero que esto sea otra explicación economicista del amor [pues lo estaría reduciendo], me es inevitable no empezar por lo que considero que es el principio. El amor deviene, cambia, se transforma. Se moldea y se encorseta en las nuevas leyes que rigen las sociedades. La familia, la monogamia, los hijos; el...
No hay más introducción ni más edulcorante. Basurero personal, arrecife de textos presuntuosos que fueron redactados, probablemente, de madrugada. Sed bienvenidos.