Entrever, pero al mismo tiempo creer fervientemente. Quizá sea la dualidad más verdaderamente humana. Hablamos de la autoconsciencia y la introspección, pero siempre en términos de hacer, nunca de estar, ¡mucho menos de ser! ¿Quién querría vivir detrás del telón? En una sociedad de verdades pactadas y realidades aprendidas aquel que acepta su propio ser está condenado a la levedad, a la nada, al no ser. La propia consciencia del ser deviene justamente en su negación más rotunda. Quizá no sería tan descabellado entonces aceptar que no estamos preparados ni para aceptar el ser, ni la ausencia de este. Tapamos nuestra incapacidad de imaginarnos no siendo con la misma fe que abrazamos la inercia social que parece regir nuestra verdad.
Elegiríamos entonces nuestras relaciones amorosas conscientes de los motivos que nos lanzan hacia los brazos de la otra persona, pero creyendo fervientemente que son puros. Hablaríamos entonces en los mismos términos de amar y de morir. ¿Cómo entonces se puede asegurar el amor? ¿Cómo podemos estar seguros de que amamos de verdad? Quizá esto resultará en un vació, en la más profundad levedad, en la carrera interminable del querer ser y la propia incapacidad de ser. Quizá entonces el propio ser humano habría de aceptar que el amar está siempre intercedido por el querer ser amados, y que el ser siempre está intercedido por el querer ser. Quizá haya primero que sublimar la esencia de uno hasta ser consciente [en todo lo que se pueda] de aquello que nos dirige mediante aceptar [en todo lo que se quiera] las limitaciones intrínsecamente humanas que quizá no podremos abatir. Quizá antes de amar haya que intentar ser.
Comentarios
Publicar un comentario