La construcción del yo no es en sí misma, sino por la negación de ser otro. No hay un yo mismo, sin una definición del tú, en otras palabras, yo soy yo, porque no soy tú. Este axioma a priori evidente, casi ridículo, explica como la propia naturaleza de lo social nos configura como individuo, la autoconsciencia que nos condiciona y que, por obligación, nos acaba definiendo. La persona ha de reconocer a la otra para negar ser ella, convirtiéndola entonces en sí misma. De esta forma, aceptamos entonces que la propia definición de individualidad es recursiva pues el entorno nos precede definiéndonos después. Seres subordinados a su propia autocompresión que les convierte en esclavos de la veneración, la ovación y el prestigio. Animales que bajan la cabeza al suelo en medio de una reverencia recibida por un banquete de aplausos que, al mismo tiempo, ponen fin a la obra y principio al artista, al becerro de oro, al ídolo.
Hay una inercia que me lleva, tan grande que da miedo ni tan siquiera pensar en su final. Y es que, si lo pienso bien, creo haber estado toda mi vida en ella. He diluido mis opciones y decisiones en lo que generacionalmente se esperaba de mí, lo que hubiese ejecutado cualquier arquetipo encerrado en aquel que fuese, por entonces, mi momento. He vivido pensando que siempre queda más tiempo. Dejándome arrastrar por una corriente que me significaba, ejecutando un rol social que me definiese. Una parcela, un adosado con la suficiente variabilidad como para no resultar confundido con su colindante. He estado evitando preguntarme cuál es que sería mi próximo movimiento, pues este siempre, en última instancia, aparecía como una suave deriva que me mecía de manera calmada a lo que casi matemáticamente parecía estar abocado a ser. Hay una inercia que me lleva, tan grande que solo retumba vacío ahora que la veo terminar. Un vacío tan ensordecedor que hay quien lo acalla sumergiéndose veloz ...
Comentarios
Publicar un comentario