Hay una inercia que me lleva, tan grande que da miedo ni tan siquiera pensar en su final. Y es que, si lo pienso bien, creo haber estado toda mi vida en ella. He diluido mis opciones y decisiones en lo que generacionalmente se esperaba de mí, lo que hubiese ejecutado cualquier arquetipo encerrado en aquel que fuese, por entonces, mi momento. He vivido pensando que siempre queda más tiempo. Dejándome arrastrar por una corriente que me significaba, ejecutando un rol social que me definiese. Una parcela, un adosado con la suficiente variabilidad como para no resultar confundido con su colindante. He estado evitando preguntarme cuál es que sería mi próximo movimiento, pues este siempre, en última instancia, aparecía como una suave deriva que me mecía de manera calmada a lo que casi matemáticamente parecía estar abocado a ser.
Hay una inercia que me lleva, tan grande que solo retumba vacío ahora que la veo terminar. Un vacío tan ensordecedor que hay quien lo acalla sumergiéndose veloz dentro de otra tórpida corriente que le inflija una última sensación de pertenencia. Un río por el que poder seguir discurriendo sin lo tremendo de lo absurdo. Sin el silencio tan absoluto que deja de bruces a uno enfrente de sí mismo, ante la atronadora verdad de no haber sido más que el resultado de las distintas etapas que vivió. Parece que ahora que éstas terminaron hace tiempo, necesito que haya algo más. ¿Cómo es que me defino si no es por similitud y oposición a mis semejantes? ¿Cómo es que se elige lo que uno es?
Hay una inercia que me lleva, tan grande que no quiero verla acabar. Y es que la memoria hace todo más pequeño, comprime la vivencia, me roba los matices. Transforma lo que pareció ser toda una vida en escasos momentos que se entremezclan generando una falsa sensación de totalidad. Me niego a que me vuelva a ocurrir. Yo quiero recordarlos todos, los buenos y los malos, todo lo que es haber sido aquí. Se lo niego porque considero que todo lo que me está sucediendo ha de ser indiscutiblemente en su conjunto todo lo que soy yo también. No puedo desenvolverme de mis circunstancias, no puedo creer en un futuro donde no esté toda la gente que hoy en día puebla mi corazón. No entiendo cómo llegará un septiembre que no signifique oportunidad o un junio que no fuese tan rotundo como todo lo que cierra en su aparecer. Los veranos en mi pueblo, una habitación que cada vez tendrá un poco menos de mí.
Hay una inercia que me lleva, tan grande y tan temible que solo puedo mirarla de frente,, reconocerla como a mi igual. Utilizar esta consciencia en aceptarla. Comprometerme a no ir en su búsqueda ni su reemplazo. Permitir su través. Aceptar que no sé nada en esto del vivir. Confiar en el peso que tiene esta corazonada. Ésta que dice que el futuro puede ser también para mí.
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