Nunca fui un gran alumno en la destreza de las matemáticas, sin embargo y, pese a jamás haber resultado diestro en la disciplina, siempre me fascinó la combinatoria y las posibilidades, lo absolutamente ridículo de la inmensidad de unas permutaciones que crecen infinitas en un mundo que se presentaba finito. Siempre me deslumbró como un mismo molde podría acaso resultar en millones de resultados, como lo único torna en múltiple cuando lo humano le intercede, como a través de una opinión y una consideración se convierte en personal e intransferible, como lo etiqueta y lo individualiza. Y es que hay quienes ven al mundo como un lugar de oportunidad o como una cárcel de lamento, los hay que lo conciben como un lienzo buscando su significancia, otros como el barranco por el que se lanzarían para suplir una aventura, hay quien precisa de su adrenalina, hay quien de su serenidad, su misticismo, de su realismo, su franqueza o de su ambigüedad. Pero, como bien dije al inicio de este texto, nunca fui un gran experto en esto de las ciencias puras. Jamás lo fui pues no buscaba las verdades ocultas, no las que se encuentran detrás de un engranaje de ruedas y dientes que conformarían la realidad, no si era en el sentido más pragmático de la palabra. No, nunca me asombró el cálculo que nos arrojaba el sistema, ni la formula elemental que regiría una verdad tan grande como para ser matemáticamente enunciada.
Lo que me interesaría de la combinatoria sería lo excluyente y lo significante que supone la elección. Esto es, ¿Hasta qué punto nos define y nos explica la posibilidad que elegimos? ¿Cuánto nos aísla del resto de resultados que escogerían los demás?
¿Acaso lo estaríamos eligiendo realmente?
Yo no creo haber elegido mi resultado. No recuerdo una consciencia tan existente, tan contundente. Una consciencia tan rotunda como la que se requeriría para una elección de este calibre. No, no pude haber sido yo. Es casi evidente, ¿verdad? Parece que cuando uno lo enuncia en voz alta advierte lo ridículo de la cuestión. Y es que no puede haber un Yo pre-existente que elija a su Yo. El Yo resultaría ajeno de la voluntad, apareciendo ésta última en efecto. Un Yo fundamentado en un sistema de estímulos y respuestas conductistas que configurarían todo nuestro sistema de compresión de un mundo tan único que metamorfosea en infinito. Un Yo que transforma en consciente, un Yo que emerge como un sistema de combinaciones en cuanto ya hemos elegido una de ellas. ¿Cuánto nos definiría esta equivocación conceptual? La precisa compresión de ésta rompe con algo tan grande como es la propia consciencia y las elecciones que argumentamos en una verdad tan libre y tan grande como para no poder ser negada. Parecería ser que la propia presunción de libertad resultaría entonces en su justo antónimo. Parece que quien no está dispuesto a ser nada más que libre, no será más que un Yo. Resultaría en el propio esclavismo de éste hacia nuestra propia sensación de libertad. Una libertad que media en unas cadenas que resuenan en un eco tan familiarizado como para ser obviado, una jaula de oro, una abstracción de nuestro propio ser; un pez que muere hoy sin nunca haber entendido que fue siempre dentro de un agua que le daba su condición de existencia.
Y es que me he pasado gran parte de mi vida huyendo hacia delante de mi propio ser, de un sistema de códigos y asociaciones que me hicieron comprender al mundo como un lugar hostil que precisaba de ser batallado. Me abanderé en mi supuesta autonomía y me sentencié a ser el paladín de mi propia verdad. Fundamenté mi propio miedo en un ego tan grande que me diseccionaba como una caricatura lo suficientemente racional como para ser impermeable a cualquier emoción. Me despojé de mis sensaciones y mis sentidos pensando que la realidad podía ser una gran pantomima donde todo lo que vemos y sentimos no es más que la representación burda e infantilizada de una gran verdad detrás, de un mundo donde lo débil y lo sintiente no eran más que el decorado de un significado mucho más real, de una explicación última que sólo podía hallarse para aquellos que estuviesen dispuestos a encontrarla, para aquellos que estuviesen dispuestos a desesperanzarse en lo agónico de lo verdadero, en lo absurdo de lo real. He estado tan ensimismado en un un Yo que precisaba de la verdad [he estado tan absorto en un Yo que no podía sobrevivir en la incertidumbre], que generé un ego lo suficientemente temible como para pelear por él. Me he tenido que ensalzar en una propia admiración sobre mí mismo, en un ídolo, en un becerro de oro que lograse una ilusoria sensación de control que me aparta y deshumaniza.
Una tapa para una cazuela tan boyante que se encuentra escupiendo hoy en tu cocina a borbotones la mezcla de un humo que resulta sólido y ennegrece las paredes. Un asesinato a sueldo; una ejecución a puerta cerrada de una verdad tan escurridizamente líquida como para ser agarrada. Una emoción; un hilo de oro que nunca podría ser cortado por la costurera de un viejo pueblo, demasiado pequeño como para ser una ciudad y demasiado grande para ser un pueblo. Un ego tan infinitamente mutilante que te desnuda y te abandona, que me evidencia en su excedencia, que me despoja de mi emoción y me entrega a su servicio, una careta tan grande que me desfigura y me desdibuja. Un retrato custodiado bajo llave en un sótano que reviso siempre a solas por si el personaje es cada vez más monstruo y el monstruo cada vez menos persona. Quizá el mayor de los opuestos sea observar la fragilidad de algo tan duro como para hacerse pasar por un arma, será quizá la más desarmante de las mentiras la que me refleja este espejo cóncavo que me devuelve ridículo al mirar.
Y es que aquél que vive vasallo de su propio ego se encuentra viviendo en el subarrendamiento de su propia consciencia. En una habitación cada vez más menguante que te asfixia y empapa de sudor cada tercio de una piel que se empieza a desaparejar de aquello que supuestamente protege, exponiéndola en su paradoja. No hay más alimento, no hay más defensa, no hay más espada ni menos verdad que la que uno ha de sacrificar cada día a su propia elección ¿Hasta cuánto nos mutila? ¿Cómo lo infinito torna ahora en único? Quizá lo que más me fascinaba de la combinatoria era cómo esta puede aplastarte cuando la diseccionas. Y es que todas estas ofrendas que realizamos diariamente a nuestra verdad nos separa cada día más de la Unidad, de lo común, de lo completo. La verdad es siempre bidireccional, existe dentro de todas las cosas, hasta en que aquellas que jamás sospecharíamos que pudiesen contenerla, no hay una realidad en sí misma sin la conjunción de las demás y, sin embargo, preferimos reducir todo lo que nos rodea a nuestras propias explicaciones, romper una bidireccionalidad que se convierte ahora en una sola flecha que niega y reduce, que planea vehemente por delante de la voluntad. Quizá por eso nos cuesta tanto decir adiós. Quizá necesitamos reducirlos. A lo mejor hemos de sustraerle lo común que nace de una unión para poder atajar la herida que sentimos en nuestro pecho. Las heridas más profundas sangran demasiado rápido como para que el ego no nos adelante. Hemos banalizado la bondad y la maldad humana para utilizarlas a nuestro servicio, un mundo maniqueo, un guardarraíles que nos aleja del abismo que supone comprender todo lo infinito que vive en la realidad de la otra persona. Preferimos convertir en malvado a todos aquellos de los que no nos queríamos despedir, aquellos que zigzaguearon a tu ego permitiendo que rozasen a tu Yo, a tu sistema de estímulos y respuestas primitivos sobre los que tenemos escaso control. Preferimos caricaturizarles, robarles todo lo que nos vincula y negarles. Preferimos romper una verdad bidireccional en aquella que nos permita continuar, en aquella que nos sea útil para poder avanzar en un mundo en el que nadie puede tropezarse y caer, en una sociedad tan frenética y voraz que nos devora, en un tren que no espera a nadie. Preferimos alimentar a un ego que tritura y escupe todo lo que asusta a un Yo que debería dinamitarse en mil pedazos, que debería derrocarse y fundirse a la evidencia, un Yo bidireccional que no precisa de ningún lacayo que le proteja, un Yo que explotase y regresase a lo infinito que hay en todas las permutaciones y combinaciones, que se expandiese en todas las direcciones llenando de verdad al mundo que un día cada persona hubo de diseccionar.
Porque quizás me he equivocado en todas y cada una de las justificaciones que he presentado a lo largo de este texto, quizás sí, quizá lo que realmente siempre me atrajo de lo combinatorio era el eco que resuena infinito en su origen. Tal vez era mi propia manera de abrazar lo incierto, lo inestable y lo inmenso, tal vez era esa corazonada que enterramos cada día dentro de nosotros y que desafía al ego, que lo confunde y lo atraviesa, y en su burladero intenta conocer a un Yo que se perpetua en su persistencia. Una cruzada contra la elección, contra la sección de algo tan claramente equivocado que rebota hoy en una luz que ilumina y deslumbra al miedo, que lo ciega y te permite elevarte de la esencia, darte cuenta de que no hay nada escrito, ninguna verdad que sea lo suficientemente real como para poder aislarte. Quizá sea el recuerdo de que el olvido mediante el odio, mediante la negación, no es más que el intento desesperado de apagar toda esa luz que brilla aún dentro de los corazones a los que amaste, todos aquellos que se arrugan conocidos todavía hoy al cruzarse. Serviría tan solo entonces la aceptación, la convivencia disonante entre un amor atemporal en su incandescencia y la ensordecedora ausencia que anida del desarraigo. Lo valiente que reside en un adiós.
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