El amor no se cuestiona, se desea. Se da por hecho, hay una inercia romántica. El amor se infantiliza, se romantiza, se banaliza. El amor escupe lo que la sociedad dictamina, y la sociedad embebe lo que pueda serle peligroso del amor. Porque quizá es hora de cuestionar al amor, de ser sinceros, de quitar la máscara y de aceptar, que el amor romántico ya tiene poco que ver con una emoción primigenia de cariño y afecto básico para la supervivencia y la continuación de una especie. Lo hemos ido complicando, lo hemos ido confundiendo y, sobre todo, lo hemos ido utilizando. El amor se mercantiliza y se instrumentaliza.
El querer tiene un encaje social y político, y, aunque no quiero que esto sea otra explicación economicista del amor [pues lo estaría reduciendo], me es inevitable no empezar por lo que considero que es el principio. El amor deviene, cambia, se transforma. Se moldea y se encorseta en las nuevas leyes que rigen las sociedades. La familia, la monogamia, los hijos; el núcleo familiar. Todos estos conceptos estuvieron bajo el paraguas del amor y tuvieron su importancia en la expansión de un modelo económico concreto. Sin embargo, ahora parece que todos estos conceptos nos son un poco más caducos, al igual que el sistema político-económico que sustentaban. Han cumplido su función social, sentaron los viejos precedentes, nos plantaron unos ideales inconseguibles que nos llevaron a quemarnos, a desquitarnos, a la evolución del amor, a la revolución sexual. Al consumo.
El neoamor, el nuevo amor, comulga a la perfección con el neoliberalismo. Esa vorágine de sexo sin compromiso, de romper con lo formal, lo puritano y lo caduco, la era del follamigo y del no te puto pilles. Parece que nos hemos desquitado. Parece que nos hemos quitado el yugo del amor romántico, ese ideal inalcanzable de las "películas Disney", ese amor tóxico, de abuso y de maltrato sufrido en silencio. Y en parte es cierto, nos hemos liberado, pero también nos hemos vuelto a vender al mejor postor.
¿Te duele que esa persona no te quiera, o te duele que te expliciten tu propio desagrado hacia ti mismo mediante el rechazo de un tercero? El consumo de cuerpos, el capitalismo del amor, la autoconcepción de ti mismo como producto. Todo esto está debajo del tóxico amor romántico que juramos matar. El mito de la media naranja se ha dado la vuelta para convertirse en el mito de la autogeneración de mercancía por parte de uno mismo. Ya no buscamos a una persona que nos complemente, no lo necesitamos. Somos la naranja entera. Pero necesitamos ser la naranja entera más bonita de la estantería: sin una mancha, con el mejor jugo y el mejor precio. La sociedad de hiperconsumo nos ha embebido de nuevo al amor. Seguimos en este mismo juego de luces y sombras, en este baile de máscaras en las que estas parecen no parar nunca de cambiar.
Lo que vales se ha convertido en lo que se te consume. Luchamos constantemente para conseguirnos consumibles, nos reafirmamos cuando la maruja del barrio nos compra en el súper de la esquina. No nos importa cuánto haya de comprobar lo válidos que somos: nos aprieta, nos levanta, nos mira bajo la luz, nos pasa su manga por encima para ver si tenemos brillo. Todo merece la pena si nos vamos con ella a casa. La autopercepción de nosotros mismos como moneda intercambiable, como capital, como mercancía, nos ha hecho autoculpabilizarnos de nuestras propias taras mientras la sociedad nos bombardea con cánones en los que nos debemos convertir, en cuerpos imposibles que calan la mente de una niña de 14 años que se quita la vida porque nadie la va a comprar. Nos hemos hecho mucho más libres mientras lloramos en el espejo al mirar todo aquello que odiamos y nos separa del ideal.
Volcamos las consecuencias de un sistema disfuncional en obsesiones amorosas que parecen reafirmarnos, cuando son solo su propia perpetuación. Quizá no estás tan obsesionado por aquella chica que parece rechazarte o te enamoras solo del que pasa de ti porque estás juzgando si eres válido para ti mismo mediante la aprobación de ser consumido por un ajeno. Quizá le envías un mensaje a las 5 de la mañana de fiesta a esa persona que suda de ti porque en vez de replantearte que el problema es contigo mismo acabas idealizando a la otra persona, y le das la llave de tu propia autoestima, haciéndose crucial si ese amor es correspondido o no, cuando la realidad es que ese no había sido nunca el problema.
Vivimos de ideales postproducidos para zanjar conflictos que deberían empezar y terminar en nosotros mismos. El amor no se cuestiona, se desea. Así empecé este texto. Quizá lo cambiaría. El amor no se vive, de momento se imagina.
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