En este texto intentaré poner de manifiesto las diversas
opciones que hoy en día están sobre la mesa en cuanto a la prostitución se
refiere. Hablaré sobre cómo dos posturas que parecen compartir un fin común han
de ser concebidas como abiertamente irreconciliables y sobre cómo el discurso
liberal (ergo individualista) no es más que una falacia insostenible.
En primer lugar, en la supuesta misma cara de la moneda,
encontramos al abolicionismo y prohibicionismo, dos posturas que parecen
concurrir en un mismo fin, pero que, al analizarlas y comparar sus
motivaciones, vemos que se trata más de un mero espejismo que de una realidad
en sí misma.
Por una parte, encontramos al prohibicionismo, motivado por
el puritanismo y conservadurismo. En esta corriente la desaparición de la
prostitución vendría emanada de un análisis criminalizador hacia la propia
prostituta, considerada como una figura de lujuria y perversión. Este enfoque
misógino y aparentemente congruente con la moralidad de aquel que lo defiende
no es más que un acto de cinismo, una cortina de humo, una represión de aquello
que se desea, pero se ha de odiar. Encontraríamos,
pues, en esta posición un encaje recíproco con el clásico modelo “madre-puta”,
una imposición que necesita de una vía de escape, una regla que precisa de su
excepción. Voy a desmenuzar esto para que se entienda. La imposición, el deber
que recae sobre la mujer de ser recatada, obediente… [sumisa] precisa de una
némesis, convirtiéndose en un binomio obligado, por ello, esta sociedad castradora y
aparente habrá de alojar figuras que encarnen el deseo, la
sensualidad, el pecado y la perversión, figuras que habrán de ser negadas y
reprimidas en público, pues solo a través de la creación de un enemigo [y, por
ello, de un maniqueísmo] se consigue la otra cara de la moneda; la madre [la
sumisión].
Por otro lado, analizando la cuestión desde un enfoque materialista,
encontramos al abolicionismo que, consciente de la problemática intrínseca al
sistema que sostenemos, extiende su tesis en base a esta cosmovisión. Se juzgan
las condiciones materiales que desembocan a la prostitución y no al sujeto que
la ofrece. Para ello, habremos de diagnosticar el binomio del que hemos hablado
antes y descubrir cómo éste ha sido concebido como pilar fundamental para el
mantenimiento de la monogamia, que fue trazada y construida en base al
beneficio y la supervivencia de la propiedad privada (para mayor comprensión de
esta idea ir a la entrada Género).
Con esta perspectiva, los abolicionistas comprenden que, lejos de una
motivación individual, la prostitución es el producto último del afianzamiento
del sistema capitalista y la moral asentada por las religiones abrahámicas a
costa de la explotación, la traficación del cuerpo, la trata de blancas y la
corrosión psicológica que todo ello conlleva. Esta corriente, pues, busca el
perseguimiento de todos aquellos que blanquean, promueven y sirven de rotor
para los engranajes de este mecanismo.
Por último, queda la más peligrosa de las ideas, esta es, la
liberal. Despojándose de todo análisis materialista los liberales tienden por
la equidistancia. Persiguen que el trabajo sexual ha de reformarse, de
transformarse. Esto puede sonar tentador y, por supuesto, es su propósito. Son
conscientes de la mala fama cosechada por la prostitución convencional y actúan
en consecuencia, por tanto, no habrá de concebirse sus estrategias como una toma
de conciencia y preocupación, sino como una campaña de marketing que realizan
teniendo en cuenta que en el imaginario colectivo siguen resonando algunos
titulares como, por ejemplo, “8 de cada 10 mujeres en España ejercen la
prostitución en contra de su voluntad”. Por tanto, para ellos el trabajo sexual
ha de “liberarse de sus cadenas”, abogando por un modelo inspirado en su más
que recurrente “laissez-faire” (que cada uno haga lo que quiera). Esto es, las
personas que quieran ejercer la prostitución, que la ejerzan. Sin embargo, esto
no solo no acabaría con la problemática presentada por los abolicionistas, sino
que es una falacia en sí misma. Si este modelo se llevase a cabo nos
encontraríamos con un escenario de escasez en contraposición con la feroz
demanda existente y, recordando algunas nociones básicas de sus reglas del
juego, “la mano invisible” autorregularía el mercado y, por tanto, esto no
sería más que un blanqueo de la explotación y la trata de blancas que ocurriría
fuera de cámaras.
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