Llevamos inmersos en este debate desde hace ya un tiempo. Cabe advertir que esto no tiene como objeto ser manifiesto, ni declaración de ninguna verdad absoluta, sino una síntesis y redacción de los principales puntos que conforman mi ideario y la base de futuros textos.
En primer lugar [y como piedra angular] convendría exponer
la indisoluble relación entre la dialéctica [y, por tanto, previa creación] de
género y la dialéctica de clase: En el momento que se consolida la propiedad
privada y, por tanto, nace la división de clase en base a la explotación de uno
sobre otro, nace consigo la confrontación de sexo. La mujer [entendida en este caso
como hembra humana] adoptaría un papel subsidiario en la explotación laboral,
que procedo a argumentar ahora mismo.
La generación del proto-asalariado [es decir, el primigenio
al asalariado que conocemos en nuestro actual sistema capitalista] requeriría
de la entrega completa de tiempo y dedicación [fuerza de trabajo] por parte de
éste al servicio de los medios de producción ajenos a él, pero que le repercutirán en un
beneficio sobre el que sustentaría su supervivencia. Sin embargo, la ganancia
de este beneficio y la adquisición de propiedades a partir de él necesitaría de
ser trasladada en forma de herencia para evitar la destrucción del producto de
un sacrificio y asegurar la futura [y obligada] sustitución. Por tanto, al
deseo de procreación ya existente, se le sumaria la necesidad de un necesario descendiente,
que jugaría el papel de heredero y sustituto. De esta forma, se precisaría de
la construcción de núcleos familiares estables, conllevando al establecimiento
de la monogamia como modelo hegemónico.
Es, en este momento, cuando nace irremediablemente la
dialéctica entre sexos. La mujer, que gesta, pare y amamanta a los hijos
[recordemos, necesarios] no puede estar a disposición íntegra de los medios de
producción a los que vendería su fuerza de trabajo. Por ello, desarrolla un
papel subsidiario en esta explotación, proporcionando el mantenimiento del
hombre "asalariado". Es la muleta necesaria para la dinámica de
clase, la resonancia de la opresión. De esta forma, el sexo pasa a tener un
significado más allá de lo biológico, se crea el concepto de género primitivo y
esencialista que incorporará elementos conceptuales que empezarían a definir y
clasificar a la sociedad traspasando los motivos biológicos.
Esto sería aprovechado por el sistema en el momento en el
que la mujer se incorporase al servicio de los medios de producción. Se genera
una división de trabajo en base al sexo [con motivo en el género, previamente
construido] que permite y legitima una mayor explotación sobre la mujer que se
traduciría en un mayor beneficio [plusvalía].
Sin embargo, el género empezaría a arraigarse paulatinamente
en las sociedades llenándose cada vez de más y más elementos conceptuales y abarcando
cada vez más aspectos sociales. Por ello, llega un momento en que el género
trasciende rompiendo con su origen biológico basado en la
utilidad productiva, pasando a ser un elemento primordial de encaje y
definición de los individuos [dando pie a una concepción esencialista, en que antes de nacer ya hay un género, o personalidad, de acorde a tu sexo]. Ahora, aparte de ser hembra, habrás de
reproducir todo aquello que la sociedad concibe como hembra en tu contexto
social.
Conformaría una manera social [otra más] de explicitar las
dinámicas de poder [al estar originado en base a la dialéctica de clase], pero
ya no tendría que corresponderse con el motivo original. Es decir, un hombre
podría sentirse mujer, a pesar de no tener las características biológicas que
conllevaron a la creación del género mujer. ¿Por qué? Porque se encontraría más
cómodo en la otra cara de la moneda de la gestión del poder. De esta forma, el
género pasa a conformarse de manera social y no esencialista. Mediante un
proceso de socialización el infante se adecuaría al rol de poder que se le
ajustase. ¿Cómo? Las dinámicas se le vendrían presentadas por medio de su
ambiente y se explicitarían en él en forma de toma de referentes que interiorizaría.
Sin esta concepción social del género no podríamos explicar
la heterogeneidad que conforma nuestra realidad, no podríamos explicar la
existencia de hombres “afeminados”, ni de mujeres “marimacho” y, por supuesto,
ni muchísimo menos la realidad trans, de la que hablaré en un futuro texto.
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